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martes, 7 de octubre de 2014

Esto no es una crítica al cine comercial

Primero, dejemos a un lado las películas de acción "de culto" y las de aventuras o ciencia ficción con batallas y espectaculares efectos especiales. Hablemos solamente de aquellas que podríamos de manera aleatoria titular "Golpes y gloria", pues todos los elementos del filme giran en torno a una sola cosa: LA ACCIÓN. Escenas de peleas, persecuciones y explosiones que más que un medio para narrar alguna historia se convierten en la inspiración, el argumento, el objetivo y la historia misma.

Establecido el marco conceptual, va la pregunta: ¿por qué las películas de acción son tan cursis?

Además de los efectos especiales y los chistes (voluntarios e involuntarios) que caracterizan a las películas de este tipo, uno de sus ingredientes básicos es la hermosa damisela en problemas, a quién el héroe acabará salvando y junto a la que vivirá feliz para siempre. Si separamos la línea amorosa de la explosiva y veloz, no hay una trama muy diferente a la de cualquier comedia romántica. 

Por supuesto que entiendo que el cine es, entre muchas cosas, un reflejo de los grupos sociales en los que se produce y exhibe, un escaparate en el que se expone qué conductas son "normales" o "socialmente deseables"; así que es natural que el héroe sea intrépido, fuerte y patriota, pero sensible y enamorado.

También sé que no todo el cine debe ser arte y que hay un público enorme demandando películas entretenidas e intrascendentes de las que no espera mucho más que pasar el rato y en las que no importa lo predecibles y prejuiciosas que son.


La cosa es: si ya decidiste hacer una película en la que la trama no importa y sólo buscas exagerar clichés, explotar recursos fáciles y apelar a las emociones más básicas, ¿para qué dar lecciones morales?


Si se trata de películas "para hombres" y seguimos la línea de los estereotipos de género, nada tendría de malo que cada película de acción tuviera muchísimas mujeres espectaculares con muy poca ropa y mucha disposición al sexo casual y los tríos con otras chicas...


No sé. Desde luego, este no es un post serio. Respeto muchísimo las preferencias cinéfilas de cada quién, pero hay bromas que es muy difícil dejar pasar.

lunes, 6 de octubre de 2014

Dime a quién insultas...

Hay ciertos insultos que me provocan náuseas.

Afortunadamente, tengo un sentido del humor que me permite reír de chistes sexistas, racistas o xenófobos y asumirlos como lo que son: chistes. No obstante, veo que desde hace un tiempo las redes sociales, las revistas y la vida se van llenando de publicaciones en las que el término "Godínez" ha dejado de ser -si es que un día lo fue- una broma y ahora se usa para describir despectivamente a una buena parte de los trabajadores en México.

Incluso si dejamos de lado el hecho de que ese sector lleva a cabo un montón de trabajos que quienes los insultan serían incapaces de realizar, que pagan impuestos, compran a crédito y en resumen sostienen una buena parte de la vida que todos llevamos; es decir, incluso si dejamos de lado todo lo que tendríamos que agradecer y respetar, me resulta incomprensible de quiénes vienen -en general- estos insultos.

He de reconocer que aquellos que escriben artículos sobre los mandamientos de los Godínez, las revistas que publican cuestionarios para determinar qué tan Godinez son sus lectores y las personas que llenan sus redes sociales con chistes sobre Viernes Godínez y cosas por el estilo, siempre me han parecido más esnobistas que otra cosa, pero no deja de sorprenderme que aquellos capaces de concebir la condición de Godínez sean también los que se esfuerzan por parecer, creen ser y se declaran personas cultas, ingeniosas, incluyentes, librepensadores, demócratas, humanistas...

Además hay que decir que estos agudos comentarios de adultos sofisticados (diría Lisa Simpson) no vienen de rockstars ni artistas o cuando menos freelancers. Vienen de personas que tienen un trabajo de-nueve-a-cinco, la mayor parte de las veces en un cubículo. Se sienten distintos por la educación que recibieron y el toque trendy que imprimen en su vida, pero también buscan EL ÉXITO, una pareja estable y un futuro con hijos, casa y coche.

Claro que entiendo que celebrar los viernes en El Barón Rojo o comprar productos Avón en la oficina está lejos de ser un estilo de vida deseable para muchos, pero no comprendo cómo se puede tener el descaro de calificarlo como malo. ¿De verdad se puede ser tolerante y al mismo tiempo creer que las aspiraciones propias y sólo esas son las correctas? ¿Les resulta congruente andar ejerciendo de animalista-yogui-veganos y juzgar a alguien como pernicioso por la música que escucha? ¿Sus tatuajes pacifistas o con citas de Cortázar y Saint-Exupéry son absolutamente compatibles con las burlas sobre la dieta de los oficinistas? ¿Sus chistes los hacen profundos pensadores y los alejan de la gente superficial a la que también critican?

No sé, considero que todos estamos en libertad de sacar de nuestras vidas aquello que no nos gusta.

Para mí, "IMBÉCIL" y "ESTÚPIDO" siguen siendo los mejores insultos, los que se refieren directamente a la inteligencia.










martes, 24 de agosto de 2010

Las muestras gratis y lo que nos gusta creer

Hace algún tiempo trabajé en una empresa que, en una versión posmoderna de los merolicos de película, vende en multinivel un agua milagrosa capaz de sanar a quien la consuma, además de hacerlo feliz y exitoso.

Me encargaba de redactar y programar el boletín para socios que se publicaba en internet, así que tenía un escritorio en el departamento de Medios, justo al lado de la dirección, y pasaba todo el día con los editores de vídeo, fotógrafos, diseñadores y demás individuos encargados de la imagen pública de la empresa.

No sé si ustedes los conozcan, pero yo nunca antes había tenido contacto con un negocio que funcionara en multinivel, y cuando tuve que cubrir el primer "desayuno mensual de socios" me sorprendió mucho encontrarme con cantos, sermones y varios ritos que se ajustaban a mi prejuicio sobre lo que debe pasar cuando acudes al llamado de la Iglesia Universal del Reino de Dios, seguramente identificada por todos con el grito "pare de sufrir".

Obviamente, aquella y todas las veces que estuve en los eventos o que revisaba el material que me mandaban para publicar, tuve que hacer un esfuerzo enorme por no reírme demasiado y limitarme a algunos chistes con mis compañeros, que tampoco podían quedarse serios cuando al fondo del salón había un karaoke con un himno naturista y todos cantaban conmovidos "yo tengo fe...".

Sin embargo, durante casi tres meses entrevisté y escuché a muchísima gente que daba testimonio de haberse curado de cualquier cantidad de cosas que iban desde raspones hasta cáncer, o salvarse de la amputación de un pie. Todos los días, de lunes a sábado, lo mismo el personal de limpieza que vendedores y directivos, todos los empleados veíamos por todas partes "evidencias" de que no había nada más maravilloso que ese elixir de vida, y lo recibíamos como una más de nuestras prestaciones salariales cada quincena, en paquetes que abarcaban presentaciones regulares, saborizadas, pomadas, jabones y jarabes.

Y así un día, entre los comentarios del fin de semana y las quejas varias que se platican en las oficinas, escuché que un editor de vídeo, que dos días antes se reía abiertamente en el evento que cubrimos, buscaba opciones para que sus griposos hijos accedieran a tomarse lo que vendíamos y comprobaran en tos propia los milagros que nosotros escuchábamos todos los días.

Obviamente uno no puede escuchar esas cosas sin sonreír un poco mientras agacha la cara para disimular, pero pensado a la distancia sobresale todo el asunto de las muestras gratis y lo que nos gusta creer.

Yo no sé si funcione igual con los champús y las galletas, pero en esa empresa daban muestras gratis con dos objetivos:

El primero, engancharte en el multinivel, pues te pedían que fueras a recogerla al local donde la vendían, para explicarte cómo usarla, y entonces todo funcionaba como en los desayunos a los que te invitaban (al menos cuando yo era niña) para venderte enciclopedias o tiempos compartidos.

El segundo, el impresionante, dejarte a la mano la posibilidad de usar su producto si un día necesitas creer; episodio casi inevitable en la vida de cualquiera.

Ignoro si ustedes crean en la justicia divina, el karma o el Osito Bimbo, pero a mí no me suena imposible que una buena parte de las enfermedades tengan que ver con manifestaciones del inconsciente (somatizar, pues), y en esa línea de pensamiento también considero probable que la suma de una buena alimentación, algún preparado de yerbas depurativas y la creencia de que todos tus males desaparecerán, sea capaz de hacerte sentir mucho mejor.

El punto es que casi todos los productos milagrosos que prometen eliminar la raíz de nuestros problemas pretenden que "cambiemos de actitud" y nos deshagamos de ciertos "malos habitos" que, particularmente en los problemas nutricionales, son precisamente la "mala raíz", y que en cualquier situación que tenga que ver con la salud nos harán sentir mucho mejor aunque no tengan relación alguna con el padecimiento que queramos tratar.

Debo confesar que muchos meses después de dejar aquella empresa me enfermé de laringitis y probé uno de los jarabes que me habían regalado y hasta pensé en convertirme a su culto por el alivio que sentí, pero tristemente en mí habitaba un bicho al que los pensamientos positivos venían valiéndole madres, así que cinco minutos después volví a perder la voz, tuve que tomar antibióticos durante dos semanas y permanecer en mi excepticismo...

miércoles, 24 de junio de 2009

I'm her daddy


Acabo de ver una serie de comerciales chistosos que Ameriquest, una compañía de créditos hipotecarios, lanzó hace mucho en Estados Unidos como parte de una campaña que pretendía hacer ver que no todo es lo que parece, y que para otorgar sus créditos se detendrían a analizar los casos de sus clientes en lugar de juzgarlos por el primer vistazo.
Por supuesto que como chiste me pareció una campaña excelente, pero la pretensión de este post es divagar un poco sobre los juicios y los prejuicios.
Una amiga se quejó alguna vez de que mis prejuicios sobre las comedias rosas no me han permitido disfrutar películas maravillosas y yo entonces respondí (y aún sostengo) que hay ciertos precios que vale la pena pagar. Por ejemplo, no creo que sea ABSOLUTAMENTE imposible encontrar una buena frase en la obra de Paulo Coelho (de Carlos Cuauhtémoc dudo más), pero sé perfectamente que puedo vivir sin haberla leído si eso cuesta ahorrarme semejantes libros.
Me parece que la mala fama de los prejuicios es más culpa de la intolerancia que de los prejuicios en sí. Yo seguramente me he perdido cosas que me hubieran gustado, pero no tengo problema con que alguien más las disfrute. Incluso creo que si por alguna circunstancia tuviera que verlas y resultaran interesantes, lo aceptaría sin mayor drama. Los prejuicios sólo son ideas que (equivocadas o no) tenemos sobre las cosas antes de conocerlas, pero eso es algo que hacemos todo el tiempo porque así funciona la inteligencia humana (o el cerebro... en ciertos casos dudaría que se trate de inteligencia) y se pueden confirmar o refutar con la experiencia, que tampoco es la gran generadora de verdades que a veces nos gusta creer.
Además, la tolerancia también debería implicar respeto al derecho que todos tenemos a que las cosas nos gusten o no sin necesidad de andar explicando ese gusto o aversión. Siempre y cuando las preferencias no violenten los derechos de otros yo no veo por qué tendrían que justificar lo desagradable que me resulta el sabor de la mayonesa.
Cosa distinta es la interpretación, en la que aparentemente no podemos dejar de proyectarnos. Claro que la campaña se apoya en imágenes que socialmente estamos educados para prejuzgar en un sentido, cuya interpretación en el sentido correcto sin saber la historia completa serían un claro síntoma cuando menos de estupidez o ingenuidad (o ambas) extremas; pero es innegable que estos parámetros sociales también son una proyección del imaginario colectivo y, volviendo a mi punto defensor de los prejuicios, incluso resultan útiles para el funcionamiento del grupo.
Dejo pues el comercial que más me gustó de la serie, proyecciones y prejuicios a parte. ¡Je!

miércoles, 8 de abril de 2009

El miedo

Se supone que el miedo se encuentra entre los mecanismos de defensa que hemos desarrollado algunos seres vivos; que al menos para nuestra especie tiene como función básica facilitar que nos alejemos de aquello que pueda dañarnos. Sin embargo, todos los discursos que pretenden enseñarnos a ser exitosos aconsejan que olvidemos nuestros miedos, pues el miedo detiene, paraliza y evita el crecimiento.

Habría que recordar que también puede evitarnos ciertos daños, pero aparece aquí la célebre frase sobre el que no gana por no arriesgar.

Claro que el miedo es un asunto bastante más irracional que el fruto de estudios científicos, pero al menos a mí nunca me ha interesado negar mi lado animal. Es más, puedo presumir que he disfrutado -y constantemente disfruto- muchas de sus ventajas.

Tal vez habría que analizar el origen de nuestros miedos, comprobar que la experiencia que nos enseñó a temer determinada cosa es absolutamente aplicable al objeto ahora recelado, pero también son tentadoras las segundas oportunidades y después de todo la vida está llena de pros y contras.

Pienso otra vez en Sabina cantando que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Pienso en mis temores y en El Tigre diciendo lo triste que es morir ileso.

Tengo mucho miedo.


miedo.*
(Del lat. metus).
1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.
2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.



* Diccionario de la lengua española - Vigésima segunda edición, www.rae.es

Preguntando tal vez no llegues a Roma... pero a algún lugar llegarás...

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